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Sobre la basura en el sudeste asiático

En ocasiones, escucho como otros viajeros se quejan de la cantidad de basura que se ve en algunas playas y otros lugares del sudeste asiático. Hablo del sudeste asiático porque es la zona que estoy teniendo la oportunidad de explorar y donde me encuentro ahora mismo.

Yo misma he expresado mis quejas en algunas ocasiones, soltando a la ligera comentarios al respecto. Sin embargo, lo único que hacía era eso. Quejarme. No movía un dedo para solventar esa situación. Bien podría haber recogido unos cuantos desperdicios para depositarlos en algún lugar donde no se viesen tanto… (llámese papelera o cubo de basura), pero no. En su momento no lo hice. Y la mayor parte de las veces, continuo sin hacerlo.

Por otro lado, veo que los “occidentales” criticamos la falta de conciencia medioambiental de algunos países que visitamos, sin darnos cuenta de que es la adopción de nuestro “maravilloso” estilo de vida, junto con la llegada del turismo, lo que ha empezado a generar en estas áreas tal cantidad de residuos.

Quiero decir, en los estilos de vida más tradicionales no se generan tantos desechos, y la mayor parte de éstos son orgánicos. Si tu consumo se basa en beber y comer cocos, pescado que acabas de capturar, e infusionar hojitas de té, tu impacto medioambiental se ve muy reducido. Sin embargo, los países del sudeste asiático se subieron hace años (como no podía ser de otra manera) al carrito de la globalización, y en ellos podemos encontrar toda clase de productos ultraprocesados para el consumo y toda clase de artilugios plásticos (y de otros materiales) que en realidad no necesitamos.

Nosotros, la sociedad occidental y nuestro estilo de vida exportado a todo el mundo, hemos sido los principales causantes de las catástrofes medioambientales que acontecen en el planeta. Y todavía lo somos. Por muchas leyes al respecto que aprobemos y que intentemos implementar, nuestro estilo de vida no ha cambiado. Incluso me atrevería a decir que el consumismo desenfrenado incluso ha aumentado.

Nosotros, como ciudadanos, seguramente generamos más residuos en un día que un habitante de Tailandia, Indonesia o Laos (no he contrastado este dato). Lo único es que nuestros países cuentan con una mejor gestión de los residuos. Todos los días pasan los barrenderos por las calles. La recogida de basuras se realiza con la periodicidad adecuada. Y contamos con basureros donde acumular esos residuos. E incluso mandamos nuestra basura en barcos a… ¿adivinas dónde?

Por eso, ya no me quejo más. No creo que esté en posición de quejarme. Si acaso, tendré que dar ejemplo. Hacerme cargo de mí. Ver donde yo puedo mejorar. Cómo puedo disminuir la generación de residuos. Porque al final, la raíz del problema no es que toda esa basura se encuentre en una playa, eso es una consecuencia. El verdadero problema es que estamos generando cantidades ingentes de basura, consumiendo nuestros recursos (los de todos) a pasos agigantados. Y tratamos de ocultarlo almacenando todo en vertederos… y ¡ay! Cuando vemos todo eso que desechamos por ahí tirado… ¡Que daño nos hace a los ojos!

Actúa.

Te escribo a ti

Te escribo a ti, viajera. Que estás tan perdida como yo. Que decidiste marcharte a conocer el mundo. O quizá no te has ido todavía, pero albergas el anhelo, que cada vez late más fuerte en tu interior.

Quiero que aprendamos juntas. Que nos nutramos juntas. Que naveguemos juntas.

Te escribo a ti, viajera. Que decidiste dejarlo todo. Para soñar. Para experimentar. Para jugar.

Porque tú sabes como yo que hay que perderse para encontrarse. Sabes que no hay brújula más precisa que la intuición. Y que, muchas veces, se requiere valor para seguir el camino que nos marca.

Es posible que coincidamos en este viaje. Compartiremos risas, anécdotas, abrazos.

Veremos atardeceres, exploraremos nuevos lugares, probaremos nuevos sabores.

Te escribo a ti, viajera. Y te deseo coraje y determinación para alcanzar tus sueños.

Parálisis por perfeccionismo

“Me gustan las cosas bien hechas”

“No está perfecto”

“Todavía se puede mejorar”

“Puuff… esto podría estar mucho mejor hecho, no está listo”

Desde pequeñita me ha gustado hacer todo perfecto. Siempre lo he considerado una cualidad extraordinaria… hasta hace unos cuantos años.

Empecé a darme cuenta de que dejaba muchas cosas sin hacer porque nunca llegaba a los estándares que yo misma me marcaba. Parálisis por perfeccionismo. Todo o nada. No quería hacer cosas mediocres así que… directamente no las hacía.

¿Qué había (y todavía hay) detrás de ese perfeccionismo desmesurado?

Miedo a mostrarme. Miedo a ser juzgada. Miedo a no ser suficiente. O a no hacerlo lo suficientemente bien. Miedo al que dirán. Miedo a las opiniones ajenas. O quizá a confirmar la mía propia. Miedo, al fin y al cabo, a ser yo misma.

Por eso esta vez he decidido hacerlo. He comprendido que nunca voy a alcanzar el grado de perfección que usualmente deseo. Y poco a poco empiezo a ver la belleza en las imperfecciones. Esta vez he decidido mostrar que no soy perfecta, que me equivoco, que para un momento de lucidez necesito atravesar otros 1000 de oscuridad.

Me estoy embarcando en un proyecto personal que no sé lo que deparará. Lo que no dudo es que será un aprendizaje continuo.

Estoy dispuesta a mostrarme como soy. Vulnerable, y llena de fortaleza. Cobarde, y con un valor extraordinario. Independiente, y con necesidad de conexión.

Sé que va a ser un proceso largo y muy bonito, y lo más importante de todo: tengo la determinación de acompañarme y de abrazar todo lo que venga.

Eterna alumna.

Mi nombre es Cristina. Aunque puedes llamarme Sparrow. Soy madrileña, pero siento que pertenezco al planeta Tierra en su totalidad. Decir que soy terrícola sería lo más acertado.

Entre muchas aficiones, me apasiona viajar, explorar nuevos lugares y convivir con culturas diferentes a la mía. Me permite adquirir nuevos puntos de vista, aumentar mi tolerancia y confirmar una y otra vez que el ser humano es extraordinario. Que la vida es maravillosa.

Últimamente, y debido a diversas circunstancias, me he introducido en el mundo del desarrollo personal y la espiritualidad. Hace unos años empecé a ser consciente de que el mayor viaje que podemos emprender es el de conocernos, descubrirnos a nosotros mismos. Reconocer nuestra verdadera esencia, nuestro verdadero ser.

Las implicaciones que esto ha tenido en mi vida son muchas, y una de ellas es mi deseo de vivir de una forma más conectada con todo el entorno que me rodea.

Por eso he decidido aunar dos de mis pasiones, y convertirlas en un estilo de vida.

Aprender a viajar de forma consciente es mi objetivo.

Compartir todo lo que aprenda mi misión.

No juzgarme cuando falle mi mayor reto.